En junio se celebra el año nuevo del sur del mundo, que el pueblo mapuche nombra como we xipantu o más tradicionalmente como wiñon antü, el regreso del sol. Las ceremonias son actos de renovación espiritual, de restaurar las relaciones entre personas, sociedad y naturaleza en un nuevo ciclo de vida. En la UC Temuco se conmemora esta fecha con diversas actividades, entre ellas el xepel gijatun, una ceremonia en que se evoca e invoca la unidad de los seres superiores, las energías de la naturaleza y del universo, los antepasados y las circunstancias de la vida presente de la sociedad ante el mundo del kalfuwenu, y que invita al despertar en el orden cósmico. Es entonces un buen tiempo para preguntarse, como sociedad occidental dominante y colonizadora, que se ha aprendido del pueblo mapuche sobre interculturalidad.
El punto de partida puede ser la comprensión del concepto mismo de interculturalidad, no como la aceptación de muchos estilos de vida diferentes y diversas concepciones de mundo, con más o menos asimetría, cohabitando en un mismo espacio, como en las grandes metrópolis del mundo hiperconectado. Lo intercultural en cambio, es un espacio liminal, entre medio, como el puente entre dos puestos fronterizos, que no es ni de una ni de otra cultura, sino compartido, dialogado, que es incierto, novedoso y creativo, y sobre todo es no dual. En nuestro contexto hay mapuche que son interculturales porque sin dejar de ser mapuche manejan sin problema los códigos culturales occidentales y están creando ese nuevo espacio. A los chilenos y chilenas en cambio nos cuesta muchísimo más la interculturalidad.
Otro aprendizaje se refiere a la superación del antropocentrismo desviado, como lo llama el papa Francisco en Laudato si. En el mundo mapuche, el ser humano no es autónomo, por sobre la realidad, dueño de los demás seres. Se es mapuche en profundo vínculo con la mapu, uno más con la diversidad de seres que la habitan, conectados, en armonía con la totalidad de lo existente, los seres humanos, la tierra, los animales; como parte del telar universal del cosmos, lo que implica reconocer los equilibrios naturales y regirse por el valor de la reciprocidad de la vida en sus diferentes ámbitos. En ese sentido, el küme mongen designa la espiritualidad de saber vivir bien y se sustenta en cuatro pilares del ser persona, che: ser una persona justa (norche), buena (kümeche), sabia (kimche) y con fortaleza (newenche).
Aprender interculturalidad de quienes la viven todos los días en una sociedad asimétrica que se resiste a reconocer la diversidad que la constituye, es una opción ético política y también una esperanza. Implica compromiso con prácticas de cuidado y de justicia respecto del medioambiente y del tejido social. Y a la vez implica una mirada distinta de la realidad, que descubre la novedad en la incertidumbre y se abre a la acción del Espíritu que hace nuevas todas las cosas.